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Cuando los hijos pelean

¿Alguna vez te ha pasado que tus hijos se meten en una discusión acalorada por cosas que parecen tontas?

Quizá el motivo sea  un juguete, el lugar de la ventana en el carro, o a quién le servirás primero el plato de sopa… Y lo peor, es que la discusión sube de tono porque cuando menos lo piensas… ¡tú también te enganchas!

Si es así, creo que no estamos solas. Te pasa a ti, a mi y a la mayoría de los padres y madres de familia.

Pero, ¿qué hacer cuando tus angelitos se han vuelto unos verdaderos demonios y tú sientes que pierdes piso?

Ufff…. ¡Qué momento! Parece el merito infierno… La respuesta para ese preciso momento es: RESPIRAR.

Sí, respirar, una y otra vez, las que sean necesarias para que retomes el balance y seas el adulto en este drama que no merece seguirse prolongando. Sin embargo, la solución es: establecer límites.

Pienso que cuando los hijos tienen estos berrinches a nosotros, los padres, se nos disparan tantos botones emocionales inconscientes que nos impiden estar atentos y con un buen juicio… En esos momentos de crisis, nos asaltan pensamientos y emociones y perdemos de vista el enfoque.

Los hermanos pelean, todos lo hacen. Discutir, tener desacuerdos, es parte natural de la vida. Sin embargo, los padres necesitamos poner freno a ese tipo de situaciones de manera consciente y asertiva. Poner límites y tomar el timón del  barco, sin esperar a que las cosas escalen innecesariamente.

Para funcionar en familia es necesario que exista un entendimiento de lo que esperamos de nuestra convivencia familiar. Establecer las conductas que esperamos de nuestros hijos y también de nosotros, sus padres. Una especie de “código de comportamiento”, que incluya una serie de acuerdos para poder resolver conflictos de la mejor manera posible.

Una de las cosas que observo en muchas mamás y papás que vienen a consulta es la incapacidad de poner límites y establecer acuerdos con sus hijos.

¿A qué me refiero? A que los lineamientos para la sana convivencia y la buena formación de nuestros hijos no son definidos y mucho menos comunicados.

Si bien no se trata de hacer de nuestros hijos unos robots, una importante labor de los padres es formar y guiar a nuestros hijos para que desarrollen su mayor potencial y que el día de mañana puedan funcionar en sociedad. Y para ello la casa es el mejor escenario para practicar.

Establecer límites implica:

  1. Que los padres, en consenso, determinen con claridad y de forma realista lo que esperan de sus hijos, las conductas que quisieran ver en ellos de acuerdo a su edad y también las conductas que no aprueban.
  2. Que establezcan las consecuencias aplicarían a sus hijos en caso de que ciertas conductas inadecuadas se presenten y también las recompensas cuando presenten las conductas que esperamos de ellos. Si bien no se trata de “premiar” cada cosa positiva que logren, es importante reforzar positivamente las buenas conductas y mantener la motivación. A veces el simple reconocimiento de sus logros es suficiente.
  3. Que comuniquen con anterioridad a los niños tanto las consecuencias como las recompensas.
  4. Y sobre todo que cumplan las consecuencias y recompensas cuando así aplique. 

Aterrizando esto en la convivencia entre hermanos, pongamos un ejemplo:

Los padres de una familia desean que su hijo y su hija se traten entre ellos con respeto, que puedan hablarse sin gritarse, que se ayuden (conductas esperadas). Y tienen claro que si ellos se pelean a golpes o se ofenden, o se dañan (conductas desaprobadas), habrá una pérdida de un privilegio, como quitar el permiso para ver tele, hasta un castigo, como el no asistir a una fiesta o no recibir un determinado regalo que estaba esperando, según la gravedad de la ofensa (consecuencias).

Y además, han establecido que cuando sus hijos se comporten pacíficamente, sean cooperadores y amables uno con el otro, a manera de reconocimiento de sus buenas conductas, espontáneamente les darán un premio, quizá una salida de paseo a un lugar que escojan, o ir por un helado, incluso hasta un pequeño regalo (recompensas).

Estos padres les hacen saber a sus hijos (comunican) lo que esperan de ellos, así como las consecuencias en caso de incumplir y las recompensas en caso de presentar aquellas conductas esperadas.

Entonces ocurre que un día los hermanos discuten, el hermano le rompe un juguete a la hermana y la hermana le da un fuerte golpe en la espalda. La cosa se sale de control. Como es de esperarse, los padres les llaman la atención y les imponen una consecuencia. Ese fin de semana se quedarán sin tele (cumplen).

¡Qué maravilloso sería que este hipotético caso ideal ocurriera en muchos hogares!

Sin embargo, lo que en realidad suele pasar es que cuando los hijos presentan malos comportamientos que llaman la atención de los padres, estos, molestos e impacientes aplican consecuencias y castigos que nunca establecieron previamente. Entre gritos, ofensas y a veces incluso golpes, la comunicación no se da y la relación entre padres e hijos se deteriora. A la larga la conducta de los niños empeora y se cae en un ciclo vicioso de hijos mal portados y padres castigadores enojados.

En resumen, formar a nuestros hijos y establecer normas en casa requiere de que como padres dialoguemos y establezcamos lo que esperamos de ellos, que contemplemos instrumentos para promover dichas conductas (consecuencias y recompensas), que se los comuniquemos y que cumplamos con lo establecido.

Lógico es pensar que esto incluye una buena dosis de flexibilidad y una curva de ensayo y error. NO EXISTEN PADRES PERFECTOS, NI HIJOS PERFECTOS, pero definitivamente, existen estrategias para que en familia podamos funcionar y como padres podamos formar hijos sanos, funcionales y felices.

Dra. Claudia Vega

By |2018-11-21T08:56:09+00:00noviembre 14th, 2018|Crianza|0 Comments

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